Perú. Diario de viaje: Guayaquil

sábado, 28 de noviembre de 2015


Después de haber pasado todo el día en Quito, por fin llegamos a Guayaquil. En el aeropuerto nos esperaba Irene y Andrea.

Nada más llegar, visitamos una de las zonas más bonitas y mejor recuperada de la ciudad, el Barrio Histórico de las Peñas y el Cerro de Santa Ana, donde pudimos disfrutar de unas bellas vistas nocturnas de todo Guayaquil.

Para llegar al Faro y una bonita iglesia en todo lo alto, tuvimos que subir más de 500 escalones, pero en este caso el duro entrenamiento en altura en días anteriores, nos hizo subirlas sin apenas notar esfuerzo.

Para contaros nuestras vivencias en esa bella ciudad, lo haré a través de los textos del libro Viaje por el País del Sol, de Leonor Bravo Velásquez, al igual que hice con Quito.


"Manuela y Mateo llegaron tempranito a la tierra de Guayas y Quil, la pareja de indígenas que prefirió la muerte a entregarse a los españoles.

Walter, un pelado superpilas, los recibió con la tradicional simpatía de los guayaquileños.

-   ¡Qué fue, ñaños! -les dijo-, conmigo van a conocer Guayaquil, la ciudad más bacán del país.

El primer sitio que visitaron fue el malecón, orgullo de los guayaquileños. Era como un balcón florecido y lleno de árboles, desde donde la ciudad miraba al manso Guayas.

-   Dicen que desde los aviones se lo ve como un enorme transatlántico-les explicó Walter.

Empezaron su recorrido desde la Plaza de la Integración, en el sur, en la cual un antiguo mercado era ahora el Palacio de Cristal, donde se hacían exposiciones y actos culturales. Continuaron hasta la torre morisca del reloj, pasaron por el Municipio y la Gobernación y llegaron hasta la Rotonda, un monumento que recordaba la única entrevista que tuvieron los libertadores Simón Bolívar y José de San Martín. Mientras los dos héroes se daban su histórico y eterno apretón de manos, ellos jugaban al teléfono, hablando desde uno y otro lado de la rotonda de mármol.

-   Vamos a Durán, para que crucen el río-dijo Walter y los llevó hacia un barquito lleno de señoras con vestidos multicolores que se abanicaban acaloradas por el trajín de las compras semanales.

En Durán comieron encebollados luego tomaron un bus para ir a conocer el Parque Histórico, donde había un réplica de una hacienda cacaotera del siglo XIX, un muelle de principios de siglo XX y un zoológico en el que los animales parecían estar muy a gusto, porque las jaulas eran amplias y en vez de barrotes tenían imitaciones de ramas de árboles.














Al regreso, el Sol quemaba fuerte. La ciudad parecía un gran horno al que habían puesto demasiada leña. El calor de Guayaquil les hizo recordar lo diferentes que eran los climas en cada uno de los lugares que habían visitado.

-   Antes de que se desmayen, les invito un granizado con iguana-dijo Walter riéndose, sofocado por el calor.

Solo cuando llegaron, entendieron a qué se refería. Mientras comían sus granizados de coco, menta y rosa a la sombra de los enormes árboles del parque Seminario, las iguanas, viejas inquilinas del lugar, se acercaron a ellos. Al principio se asustaron un poco de esos animales desconocidos, pero luego aprendieron su lenguaje y se hicieron amigos. Era ya casi de noche cuando se despidieron. 

Walter vivía en las Peñas, un barrio colonial, ubicado en el cerro Santa Ana en pleno corazón de la ciudad. Sus pequeñas casas multicolores eran parte del recuerdo de la antigua ciudad que fue fundada varias veces y otras tantas incendiada y destruida por los piratas. Sus papás estuvieron encantados de recibirlos y de que pasaran la noche con ellos. 

Después de una merienda de menestra con patacones y carne frita, de conversar con los vecinos del barrio y escuchar pasillos y viejas canciones montubias, se acostaron a dormir en una ciudad que no dormía nunca y que era más traviesa que una niña pequeña.

A la mañana siguiente, se despertaron con los gritos de los vendedores de legumbres y pescado recién traído del mar. Manuela y Mateo no querían perderse nada, por lo que salieron temprano a recorrer la ciudad, que olía a mango y naranjas, y parecía un enorme panal de laboriosas abejas.

En el Centenario, junto al monumento a los próceres del 9 de octubre, hicieron amistad con muchos niños y niñas guayaquileños, con quienes conocieron los edificios más altos del país y admiraron los innumerables murales que adornaban la ciudad.

Antes de dejar Guayaquil, Manuela decidió llevar a sus abuelos un poco del agua del río Guayas, símbolo de la unidad nacional, porque nace en el deshielo de los grandes nevados de las Sierra y llega hasta el mar."

Es de agradecer las atenciones de Denis e Iván cuando estuvimos comiendo en su restaurante. Iván es un reconocido cocinero en Ecuador, que poco a poco con dedicación va ganando prestigio. Disfrutamos de varios platos de pescado, pulpo, sopas, purés, etc. con un estilo original y diferente.

Disfrutamos mucho de estos días en Ecuador. No podíamos haber tenido mejores guías, muchas gracias Alfonso, Irene y Elisa. También me gustaría agradecerle a la familia de Irene los detalles que tuvieron con nosotros.


Os detallo cámaras y carretes utilizados:
Cámara: Diana F+ Colette 
Película: Lomography Color  400  120mm
Cámara: Colorsplash 
Película: Lomography X-Pro Chrome  100  35mm
Cámara: Fisheye One 
Película: Lomography Color Negative  400  35mm

Os prometo que en otro post os mostraré imágenes digitales de esta maravillosa ciudad.

¡¡Próxima parada Lima!! 

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2 comentarios

  1. No sabia que Guayaquil encerraba tantos encantos ,y casas tan majestuosas...lo bien que lo cuentas siguiendo el cuento con los dos niños, y cuantos platos distintos comisteis ... de nuevo muy buenas fotos.

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